domingo, 8 de abril de 2012

RUINAS


La jauría entró en la casa
en silenciosa cacería,
feroces, sedientos de sangre.
 
La puerta abierta de par en par,
los invitaba al circo indiferente,
al festín sanguinario de mis ruinas.
 
No hay piedad en los perros de la noche,
devoran tus entrañas vivas,
todo se llevan, tus sueños, tu carne
prendida de los dientes;
si hablas, te dan una bofetada
y ríen de la gran proeza.
 
Desde la calle los curiosos observan.
Corren los esqueletos, la policía,
las vísceras en el suelo,
las paredes llenas de excremento,
las venas abiertas
de la desesperanza.
 
Sola en las ruinas
ante una tumba sin lápida,
mi muerte se aproxima,
la jauría fijamente me contempla.
 
De pronto, del abismo
surgió la voz de mi padre
diciendo... ¡déjenla!
la calle fue poca para verlos marcharse.
 
Todavía hoy, al recordar esa noche,
rememoro el ladrido de las fieras,
la muerte susurrando mi nombre, 
pidiendo a gritos mi cabeza.
 
Hoy ya todo pasó,
sanaron mis terribles heridas.
De las ruinas edifique mi templo;
la jauría jamás volvió,
los perros hace tiempo que murieron,
y yo sigo viva.

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