lunes, 30 de julio de 2012

MEMORIAS DE UN INDIGENTE


Ya dejé de recordar los días que dormía
bajo un techo
y temprano en la mañana tomaba
café caliente
esperando el diario, el autobús,
el portón de entrada a mi trabajo.

Hace miles de vidas de aquellos lugares,
de la ropa limpia y planchada,
los niños corriendo por el patio.
Sin embargo;
en esas malogradas pausas
cuando logro conciliar
un sueño terroso y confundido,
recuerdo claramente
que a todo aquello renuncié,
de todo aquello me fui
y todo aquello aparté;
por ir detrás del aroma de las piedras
que arden
sobre las negras pipas.

No quise más amor que el de la acera,
no tuve rayos de sol,
ni cuerdas de guitarra,
ni esperanzas de soñar con otra vida.

Recuerdo que al ver el final
en el brillo de las botellas de ron
quise huir, quise evitar el desenlace
de mi absurda historia.
Eché a correr, me alejé de la ciudad maldita
que me arrastró a dormir sobre el colchón
de cemento de sus calles.

Cambié ... Pero que extraño.
Nada cambió,
 y no entiendo por qué.

2 comentarios:

  1. Cuántas historias vemos pasar a diario por la calle
    y no sabemos de felmas ni de ancestros
    ni de rumbas ni de lluvias
    en esa piel llena de agujeros

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  2. Que precioso emilia. Cierto es que cada ser humano guarda tanto, y tanto que se tardaria en entender, lo has relatado tan real que así es.

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