miércoles, 20 de marzo de 2013

LA FUENTE DE PIEDRA

Acabo de llegar a la vieja plaza, 
hacía años que no venía.
Me senté un rato
a escuchar el silencio desde un banco, 
a mirar la fuente de piedra. 

Aquí fue,
donde llegó a mi lado el ocre
de tus zapatos de gamuza
y tus párpados de hojaldre.

Tu perro se enamoró 
de mi croissant de ricotta; 
yo se lo cedí de buena gana, sonriendo 
ante tu expresión de vergüenza
y tus torpes frases de disculpa. 
 
Luego, sin piedad ni espera, 
nos arrojamos al fondo de la fuente,
ahogamos cientos de valvas  
rellenas de nuestra piel. 
Fuimos dos primates
que, erizados de ganas por el celo, 
nos olisqueamos sin demora,
nos reconocimos en nuestros fluidos, 
en nuestras lenguas, 
dientes y carnes.
 
Un par de niños 
juegan con sus pelotas de fútbol,
el agua rebosa la fuente 
y se evapora al soplo del viento,  
al calor del sol; 
quedan algunas gotas sobre
el rasgado piso,
la grama recrecida 
invade los corredores de grava, 
los paseantes llegan 
y sueltan las correas de sus perros
que frenéticos se lanzan 
-como yo-
a la brutal carrera 
de un recuerdo leve. 

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