lunes, 15 de abril de 2013

LA ESTACIÓN DEL PERDÓN

Los despojos de la última temporada
de mangos
aún se ven al pie del patio.

Una capa de ramas, un asomo
de cortezas mal quebradas
por el deseo de coleccionar esos momentos
que todavía se presienten, se tocan,
se escuchan.

La estación se comienza a desgajar
en las esquinas de las paredes
mal pintadas,
en el eco de la voz de mi madre,
en las plantas muertas, en los jardines
de piedra
que es todo lo que queda de mi vida.

Extraño la ventana, la tierra
llena de miedos,
el jarrón de café color verde,
la bicicleta del viejo vendedor de periódicos,
los pasos del abuelo arrastrando el suelo,
los zapatos de patente de mi padre,
las horas llenas de cotidianidad
que al decir adiós
se nos cuelgan del armario
porque no quieren dejarnos.

Los nimbos de todo lo vivido se despiertan,
me saludan, me piden que escriba
y algunas veces me hacen llorar
porque ellos saben cuánto los amaba,
saben cuánto hubiese querido decirles
que lo siento,
y en cambio estoy acá,
tomando a Dios de las orejas
y arrastrando el suelo con mis pasos
tal cual el abuelo hacía.


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