lunes, 30 de septiembre de 2013

Sed atormentada

Una ventana se abre y me da permiso
para proscribirme unos minutos
al amparo de las letras sigilosas.

Estoy de pie, de espaldas, de frente,
pero por una razón ilógica y extraña
siento la horizontalidad de un reposo 
que me molesta y una almohada
que no me acomoda el soñar.

He develado el rastro de un secreto 
porque la noche no tiene 
quien la duerma,
y escribo con la fuerte sensación
de que, en este instante
solo ella me escucha,
solo ella se adorna en mis espejos,
solo ella sabe que tú y yo nos conocimos 
con las fauces llenas de piedra caliza
y fuimos bestias carroñeras 
de esa madrugada que todo lo calla.

Tú, 
más que una presencia 
fuiste una sed atormentada, 
una tabla periódica,
una bolsa de plástico llena
con todas las escamas de mi cuerpo, 
con los huesos roídos por el hambre.

La noche sabe que te quise 
sin sol, sin luz, sin día,
la noche derramó 
la misma lágrima que yo
cuando tuve que dejarte,
pero por esas ironías del destino
ni un jarrón de rosas sobrevive
tres días en agua,
ni un amor perdura con el fango callejero 
que llevo pegado a las entrañas.


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