domingo, 1 de diciembre de 2013

Me senté a contemplar el mar

Me senté a contemplar el mar, 
por obra
de un capricho ensimismado,
me deslicé por un tobogán 
hecho con los escombros
de todas mis tragedias. 
 
La arena, más blanca, cálida 
y grumosa,
se sujetó a los dedos de mis pies 
en un ardid por escapar 
e irse conmigo de polizón.
 
La espuma parecía 
una línea de sal 
que se detuvo debajo de mis ojos, 
de mis juguetes perdidos,
de los huesos abandonados 
y las oraciones 
que no se olvidan.
 
El viento,
a pesar de mi ausencia
 me saludó 
con esa mano cordial
que te roza la mejilla y se va. 
 
Los pájaros,  
sin nada que decir, mucho 
han contado 
en sus alas batiendo sobre el aire.
 
Me senté a contemplar el mar
y a pesar de toda mi aflicción, 
de tantos recuerdos
apretujados en una bolsa vieja, 
una sonrisa se dibujó en mis labios, 
una fuerte inspiración
llenó mi pecho, 
una mano secó mi tristeza, 
porque solo vine a pensar
 y es el mar 
el que me piensa.

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