martes, 17 de junio de 2014

El cisne negro

No me resigno al cielo de las aves,
no acepto que en mi mundo
tú eras
la máxima ambición
de los que apostamos la vida 
por tenerte.

Eras el infinito hecho carne,
eras deseo inmediato, 
viento, cabellera,
cuerpo firme,
pasión que todo destruía;
eras la mirada que hacia llorar
a las piedras 
y a los sueños más inverosímiles.

Te reías del miedo, 
todo era posible con tal de romper
normas, cánones y limites;
callabas mis gritos, mi desesperación,
con esa diabólica sonrisa 
que sodomizaba voluntades
y volabas con tanta ferocidad,
que dejaste de ser ave,
para convertirte en lápida
donde muchos escribieron su final.

La acera nos demandó tanta muerte
que terminamos 
en distintos puntos cardinales
y nunca supe nada más de ti;
pero aun recuerdo 
la oscura cicatriz entre tus piernas,
y el extraño olor a sangre y perfume
que tantas veces sentí
en el vaso perverso de tu boca.

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