viernes, 6 de junio de 2014

La plaza de La Asunción

El tiempo se ha detenido en La Asunción 
aunque no lo parezca. 
La plaza, como todos los días 
es un jolgorio de pájaros cantores, 
viejitos amables
y mucha brisa fresca.
Apenas he llegado a la bodega 
y me he asomado 
a la puerta de antiguas memorias; 
el brillo de otra época está pegado en sus paredes, 
la arcilla centenaria y luminosa 
sostiene con firmeza el ladrillo intemporal, 
el mesón oloroso a canela
y anís estrellado
ofrece al marchante la golosina criolla 
de una Margarita que no se olvida. 

Estoy sentada a las faldas de la iglesia
y te he visto venir, 
y me he puesto a llorar 
y se regocija el corazón al verte, 
madre, 
camino de la escuela, 
con tus cuadernos, tus planas, 
y tu corazón que aún palpita 
en la plaza de La Asunción. 

Gracias, bodeguita asuntina, 
pan aliñado, dulces rosquillas,
Iglesia inmortal;
hoy me has regalado 
una caja rebosante de tu esencia, 
de tu viento, tus pájaros,
del bello semblante de tus viejos,
y tu plaza llena de poesía. 

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