miércoles, 29 de octubre de 2014

Halloween en prosa

Quisiera decir que esto no es cierto, pero no puedo. 
Tan abochornada me sentí cuando comenzaron, -cómo todos los años- los preparativos de la noche de brujas en casa cómo lo estoy ahora al negarme a escribir y tener que hacerlo. 
Odio Halloween, un anglicismo que no me corresponde usar, una tradición extranjera que no debería tener. Un rito foráneo, desconocido, producto del mercadeo, de las ansias de muchos por no vivir donde viven ni estar donde están. 
La primera vez que supe sobre el halloween fue en mi infancia, viendo a mamá disfrazarse de bruja puta para irse de farra con sus amigas. Papá salia media hora después muy calladito vestido de vampiro gran reserva. 
Si bien esta tradición imperialista y norteamericana está orientada al disfrute de los niños, es en territorios como mi hogar donde tal celebración ha sido secuestrada por los adultos, que en noche de brujas salen a espantarse entre ellos mismos, más sedientos de parranda y rumba que de sangre alimentaria. 
Y digo yo: ¿Por qué celebramos esta vaina? ¿Que pasó con el cuartillo de arepita, el sebucán y el escondido? ¿Por qué tenemos que seguir imitando estas guasas extranjeras de vampiros, cruces y estacas? y para colmo de males, ni vocación de bruja tiene mi madre, que más bien parece un cuervo desplumado con la boca llena de mermelada de frambuesa, y de papá ni se diga: De forma extraña mi viejo se ve más vampiro cuando regresa al amanecer después de chuparse todo el ron de la ciudad. 
Hasta a nuestro pobre perro lo disfrazan de Barnabás Collins, para que no desentone con tanta ridiculez colectiva.

No debería escribir esto, pero lo hago. 

Me acaba de llamar mi novio, ya salgo para la gala de los zombies de la universidad. 
En fin. Siempre hablo pendejadas para terminar haciendo lo que todo el mundo hace. 

Happy halloween :)

1 comentario:

  1. Emilia me gusta tu relato salpicado de ficción. Apoyo tu queja, pero ya es una realidad incrustada en nuestra cultura.

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