jueves, 18 de diciembre de 2014

Estudio poético del origen de la lluvia

Allí, en el principio del mundo, 
en un rincón vacío, infausto y seco
donde todo fue creado, 
se escuchó por primera vez el sonido que, 
sin días de asueto ni siesta bíblica,
habría de repetirse incesante
hasta el sol de hoy.
 
Mi contador de fábulas, mi espejo,
mi ventana, marco de la noche,
me lo ha dicho cientos de veces. 
 
He aquí que el cielo y la tierra, 
unidos desde el abismo
tuvieron que dejarse un día;
él inventó el trueno para disimular su dolor, 
ella tomó su maleta
y en un valeroso ejercicio de catarsis,
le dijo:
 
Por muy alto que estés, no me olvides;
yo puedo tocarte en los nevados picos,
escuchar tus poemas por el inmenso llano,
cantarte una canción desde mi hierba,
y tú, que eres tan ingenioso,
seguramente inventarás algo
que dilate
el fondo de mis pupilas.
 
Y he aquí que el cielo,
al que no se le había ocurrido nada 
para acercar la lejanía,
se sintió tan feliz que comenzó a bailar
y de sus manos se originó el viento,
de sus pies surgieron los nimbos,
de su coreografía, los cúmulos,
y de toda su tristeza, los estratos. 
 
El cielo comenzó a llorar, el viento a crecer, 
la conspiración de nubes a viajar, 
la molécula a caer, y la tierra
bebía y bebía
hasta la ultima gota de aquel baile.
 
A veces soy como el cielo y la tierra. 
Me he quedado sola,
se marchó el amor, la juventud, la idea,
y no encuentro motivos para proseguir;
pero me levanto, me aferro
a la médula de la vida
y el viento me hace escuchar el sonido
más antiguo del mundo,
me hace llorar, me hace llover
y esa lluvia
va derramando besos en la tierra
y me hace bailar como una niña.

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