lunes, 16 de febrero de 2015

MARÍA BLANCA Y MARÍA NEGRA

Oriundas de un lindo y destartalado pueblito de mi tierra,
de esos que de tan viejos ya perdieron todos los dientes y hasta  el recuerdo del nombre,
dos hermanas que jamás fueron morochas, nacieron sin embargo el mismo día.
María Eduvigis la una, María Dolores la otra.
La madre; una margariteña de generosas carnes y ojos de sirena,
las llamo siempre por el distintivo color de piel de cada una.
Blanca y de palidez etérea la primera, morena, de tez bronceada la segunda
quedaron distinguidas por sus respectivos apodos:
María blanca y María negra.

La infancia transcurrió con ese sabor
de las paletas de dulce, el café de leche con sal, las sopas de pescado
los días del colegio, los reglazos de la maestra Minerva;
toda una tirana psicópata,
los rosarios de difuntos,  las fiestas del valle,
–la misa de la virgencita– 
a las que religiosamente las llevaban
vestidas de angelitos o querubines de feria.

La adolescencia llegó mostrando su cara no tan angelical.
María Negra, cual burda oruga convirtiose en bestial mariposa de colores,
una belleza que llamaba la atención de cuantas malas  intenciones se tropezaran con ella.
María Blanca, cada día más pálida, flaca y lánguida
solo miraba a dos pasos de distancia como María Negra acaparaba
todos los silbidos y piropos de los mozos del pueblo.
María Negra reía coqueta,
María Blanca solo callaba.

La casa ardía en llamas el día que llego Nerón Polanco;
candidato a jefe civil del pueblo, a pedir la mano de la Negra.
Todo en esa casa fueron risas y festejo.
María Blanca solo miraba... y callaba.
El día del matrimonio nadie supo a ciencia cierta
porqué extraña razón el novio jamas llegó a la cita.
La negra; pegando gritos en medio de la iglesia quedó como novia de pueblo.
Nadie se explicaba el por qué de tan absurda huida.
Lo peor vino cuando, pasado el maremoto, la negra preguntó:

–¿Donde esta María Blanca?

Hasta el sol de hoy la gente del pueblo se pregunta
porquÉ Nerón Polanco no dijo, que en vez  de la negra
se había quedado prendado de la blanca;
que todas las noches lo esperaba en el oscuro
y discretísimo traspatio de la casa
cada vez que salía de visitar a la negra.
Nadie jamás escucho los gemidos...
los gritos diciendo ¡Dios mio, Dios mio!
Los gritos de esas gentes que haciendo el amor de pie;
sienten que el mundo se les pone de cabeza.

Muchos años después se reencontraron las hermanas.
María Blanca, ya viuda,
con cinco hermosos hijos a cuestas,
bella, blanca y etérea.
María Negra, magra, mustia como una flor. Seca... y sola.
Una palabra cabía entre las dos y al abrazarse de nuevo
sonó más a saludo que a venganza.
María Negra solo la recibió diciendo:

–Eres una puta.

Y a sus sobrinos:

–¡Dios me los bendiga!

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