miércoles, 20 de mayo de 2015

Estudio poético de una callejera

Inicio entonces,
a fin de que el establishment asuma que,
de todas las advocaciones posibles,
fui virgen por un buen rato.
 
Pequeña,
–Qué linda la niña,
la pinta y la santa maría–
con mi vestidito de encaje y raso;
lista para el bautizo,
para la primera comunión,
para la boda,
para la foto del recuerdo en la cartera.

Luego,
ya crecida y bien formada
-de carnes, paredes y pechos-
me fui de viaje
por calles y atajos de avenidas.
Me perdí-yo lo sabia-
pero me gustaba.

Hice una sombra en el suelo,
con ella me traspasé la piel,
uniendo amor y dermis
antes de que lo hicieran
los otros. Todo,
-como suele suceder-
salió al revés.
Se unieron los otros,
yo me hice sombra.

Me acomodé en la esquina, me
sonrieron
los líderes del África profunda,
me lanzaron de las copas de los árboles
y caí al océano, allí,
me colgaron de un gancho
en un viejo barco ballenero
y me hicieron sushi, tempura,
aceite de pescado.

La calle es magra, demoledora.
Marca.
Hueca.
Rompe.

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