jueves, 7 de mayo de 2015

LOS DAMEROS DE MI MADRE

Madre duerme,
acaba de salir el sol por donde
suele hacerlo todos los días.


En la cocina el agua se agita
a ritmo acompasado,
el café se ahoga en un remolino
y se convierte en espuma azucarada.

 
El patio comienza
a llenarse de hojas, pájaros, nísperos,
y algunos cachivaches
que esperan al recolector
de aluminio y cobre.

 
Madre despierta,
y en la cama,
-rosario adherido a los dedos-
reza.

La taza de madre tiene un arabesco
que parece un candado,
una cuchara inmensa para tomar
la sopa,
un cuadro de autor desconocido,
una biblia gastada, 

dos batas de casa llenas de agujeros,
ojos tristes,
manos expresivas.
 
Madre se persigna;
piensa en el diminutivo
que no ha resuelto en el crucigrama,
en el damero a punto de liquidar,
pero recuerda que
ha tenido un sueño,
y debe comprar sin demora
el infaltable veintiuno
en triple y terminal.
 
El café invade la vieja casa,
crisol imaginario
lleno de poesía.


Ella sabe que le llevaré su marrón,
aunque tiene,
-como siempre-
un paño cubriéndole los ojos,
me mira,
sonríe en mis recuerdos,
toma su taza, su bolígrafo, vuelve
a su damero,
y yo comienzo a escribir.

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