jueves, 13 de agosto de 2015

Beltrana, Bernarda y Piel De Arepa

Beltrana, rezandera de la Calle Miranda,
se sienta en el porche todos los días 
a santiguar a los muchachos,
para quitarles el mal de ojo y los parásitos,
mientras su hija Bernarda 
abre las puertas del bar y enciende la rockola.
 
Con la primera canción de Julio Jaramillo 
se escuchan los aullidos de Piel de arepa, 
la perra de las viejas,
anunciando el comienzo de la parranda.
 
A orillas del mar, 
el oleaje anuncia la llegada de los botes
cargados de cuantiosa pesca.
Rodilla en tierra ,
el bravo pescador margariteño,
da gracias a la Virgen del Valle 
por el final feliz de su travesía.
 
Llenos los bolsillos del duro sustento 
ganado en varias semanas de sol, 
hambre y vigilias
el marino solo piensa en tomar un camino  
y saciar su inagotable sed,
arrancar el salitre pegado a los labios cuarteados 
y al rostro envejecido,
con música y aguardiente en el bar de Bernarda.
 
Todos los días son de fiesta para el pescador 
cuando está en tierra firme;
vive la vida al limite,
vive la vida como si fuese el ultimo día
porqué sabe que tal vez, 
solo tal vez, 
de la próxima jornada nunca regrese.
 
Beltrana, atizando el tabaco, 
libra de enfermedades a los más pequeños,
lee a las madres los designios de la suerte 
 y el rumbo de los maridos lejanos 
que estando en tierra aun no pisan el hogar,
cautivos por la música de arrabal
y el ron que brota 
en vasos de peltre.
 
Bernarda espera la muerte
cada 31 de diciembre
vestida de negra mortaja,
pidiéndole a Dios reunirse con sus muertos;
año tras año la espera sigue 
entre boleros y ron,
en muda contemplación de unos seres qué
al terminarse el salario, 
volverán a la mar,
dejándola más sola todavía.
 
La muerte se llevó a las dos viejas.
Piel de arepa se fue en brazos del tiempo
al no poder aullar de dolor 
ni oír sus boleros tristes
en una rockola llena de recuerdos 
y guate de gallina.
 
Los niños quedaron a merced del mal de ojo,
del desprecio que por los pobres siente 
la ciencia y la tecnología,
las mujeres quedaron sin ver en la lumbre
del tabaco
el rostro bien amado de sus hombres
qué ya van con rumbo norte, 
hacia alta mar,
echando redes en busca de tesoros perdidos
y galeones llenos de leyendas.

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