domingo, 16 de agosto de 2015

Segunda

Segunda veía salir el sol todos los días en Juangriego
avivando el fogón, atizando brasas
y cociendo el maíz
que luego llevaba al molino que la esperaba
tres calles arriba en lo alto de una loma.
 
Llevaba la olla  en la cabeza haciendo equilibrio perfecto,
el agobiante peso no perturbaba
el andar de su cuerpo pequeño y delgado,
una por una trabajaba las blanquecinas bolas de masa
pilada y molida,
el arte que sus manos redondeaban,
las mejores telas hechas en leña,
típicas arepas olorosas y humeantes
de todo el oriente marino.
 
El canto del guaripete le daba la bienvenida
cuando Segunda bajaba por el angosto sendero
repleto de vida y predregales, 
 el camino que la llevaba a su humilde casita
hecha de barro, de ternura,
a su viva  imagen y semejanza.
 
Segunda, la virgen, la vestal,
la que nunca conoció del amor sus desafueros,
la vieja más sola y feliz que existió
desde Porlamar al Fortín de la Galera,
vino al mundo para alimentar mil bocas,
sirvió a propios y extraños una taza de café
nacido de las brasas,
que en los labios sabía a la más divina gloria.
 
La sonrisa más hermosa del recuerdo
cuando me daba el desayuno en la mañana,
su caminar... pausado y sin angustias,
su rostro sereno, su mirada limpia,
el haz de leña cargado a sus espaldas.
 
¡Era tan pequeña!
como nunca hubo ninguna.
Sus grandes aficiones:
La novela de las nueve, que sin falta miraba
en casa de sus primas,
pasar el día de difuntos en el cementerio,
rezar en los velorios
y contemplar las  auroras.
 
Madre contaba que al morir
no quedó huella de Segunda,
ni un registro de su paso por este mundo,
ni siquiera sus ojitos claros se quedaron
en las agujas del tiempo indetenible.
 
Yo, que te amaba como a nadie,
no me resigno a que todos te olviden.
En la misma soledad que tu viviste,
tomándome un café de madrugada
sin colar... tal como tú lo hacías,
le contaré a mis versos tu historia.

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