sábado, 26 de diciembre de 2015

LOS SURCOS DE MIS MANOS

Solía quedarme horas enteras mirándome las manos, en tiempos cuando dormir era un tormento y estar despierta un continuo dolor. Mirarme las manos era un alivio, un momento de muda contemplación y espera.
Miraba, no sé que miraba. Quizás algunos recuerdos confusos que surgían y andaban a mi lado. Los surcos de mis palmas llenas de cayos y quemaduras, los surcos de los huesos que sobresalían de mi piel, la ropa demasiado grande que se escurría,
 
la gente que pasaba,
los dedos que apuntaban,
las manos que aplastaban.
 
Cuando veía a mi alrededor, no había nada que no me dijese que yo debía morir porque lo merecía.
A medida que pasan los años se hace más difícil recordar; pero al igual que en esos días sigo mirándome las manos, sobretodo cuando escribo.
Se ven con claridad las líneas de mi destino, ya no se notan las heridas de guerra, ya no huelen mis manos a carne quemada.
Ya no soy la misma mujer perdida entre sus propios dedos.
Se llenan poco a poco los caminos de mis manos y serenamente envejezco, cosa que jamás pensé que pasaría.
Tuve que renunciar a mucha calle para creer en mí misma.

HACE MÁS DEDOS QUEMADOS

Deje de hablar,
él solito se destripó la cañería, señora;
deje de estar culpándonos por la fetidez
de las cloacas.

El hijo por el que pregunta, se marchó
hace más dedos quemados
de los que cuenta.

Murió de una pálida,
murió de un verso que no sé,
murió de ganas de partir
en dos el antes y después
de las historias, murió
de una sobredosis de alcantarilla.

Él filmó toda su historia,
se fragmentó en capítulos,
se hizo libro, aliñado, con tapa
de ceniza cartonera,
el prólogo fue una supernova
en su cerebro,
el índice salió por su garganta.

Deje de estar buscando su cara,
sus dedos,
sus vísceras, señora;
ya no hay nada allí que buscar,
por quién orar,
por quién morir.

martes, 22 de diciembre de 2015

TAN PEQUEÑO, TAN GRANDE

 
A Carla Patricia Oliveros De Ferreira,
al pequeño Mathias, con amor.
 
Hay un niño que vive a mi lado, muy lejos
de la mustia tristeza, de la hiel del destino;

porque tiene en sus ojos un confeti de abrazos,
que regala y prodiga con sincero cariño.
 
Tengo un niño en las manos, en la piel, en las venas,
con mejillas rosadas, con la magia del verde
que despide el follaje del jardín en que habita,
y el azul primoroso de su ropa y juguetes.
 
Es un niño que escribe, es un niño que corre,
que dibuja a su perro, que le canta a las aves
con la voz sin palabras recubiertas de nubes,
y el sentir de su mundo tan pequeño, tan grande.
 
Hay un niño que vive a mi lado, muy lejos,
y tan cerca de todo lo que brota y florece,
porque su alma es reflejo del amor cristalino
con que arrulla a su madre, que lo cuida y lo quiere.

lunes, 14 de diciembre de 2015

La jaula de plata

En los confines del valle de Lehour,
en tiempos en que la tierra era plana,
vivia el gran pajarero de los tiempos.
 
Entre las miles de aves que poseía,
amaba más que a nadie
a los dos canarios ocre
de la jaula de plata.
 
Cada amanecer
llevaba la jaula
al patio lleno de girasoles,
para que los pequeños cautivos
alegrasen con su canto al sol naciente.
 
Al atardecer, era a ellos
a los que primero alimentaba,
cubriéndolos con un manto de seda
que los protegiese del viento de la noche.
 
El día que el sol cayó del cielo
y la tierra se ovalaba,
el gran pajarero trató de alimentar a las aves
en medio de las sombras.

 En un descuido, al abrir la jaula,
uno de los canarios ocres
escapó, levantando el vuelo
y perdiéndose de vista en el horizonte.
 
El pajarero, triste, se reprochó su error,
tapando al que, por vez primera
quedaba solo en el silencio indiferente.
 
Al día siguiente, el gran pajarero
quitó el manto de seda de la jaula de plata.
El ave había muerto.
 
En el valle de Lehour,
en tiempos en que la tierra
ya era redonda,
el gran pajarero de los tiempos
liberó a todas sus aves
y partió con rumbo al mar.
 
Por eso, hoy en día,
todos los pájaros saben
que cuando el amor se va,
lo hace volando,
y el que lo ve partir,
solo en su jaula de plata,
muere de pena.

martes, 8 de diciembre de 2015

NO TE VISTAS, QUE NO VAS.

Hoy me adorno con un verso,
con entusiasta alegría

por nuestra patria querida
que en popular votación,
ya tomó la decisión
de nuestro rumbo cambiar
y volver a disfrutar
de una Venezuela unida,
con democracia y justicia
para todos por igual.
 
Hoy el tricolor celebra
con plácido regocijo,
el fulgor del amarillo
que es pertenencia de todos;
el azul, marco sonoro
de las estrellas del cielo,
que en su corazón de fuego
ve su sangre rojo grana
levantarse de la nada,
cual valiente y bravo pueblo.
 
Hoy las décimas se agitan
en mi insignia tricolor,
símbolo de una nación
que no bajará la guardia
ante la voz arbitraria,
ante el déspota indolente,
que de manera insolente
nos apoca, nos humilla,
y piensa que con mentiras
nos someterá por siempre.
 
El que creyó, cual pacato,
que somos personas mansas,
¡Por Dios y la Virgen santa
que en verdad no nos conoce!
Quién presuma en su derroche
que siempre ha de gobernar
y que jamás perderá,
sepa que este pueblo digno
con sus votos ya lo ha dicho:
NO TE VISTAS, QUE NO VAS.

jueves, 3 de diciembre de 2015

SISMO EN LA PISTA DE BAILE

Hoy abro una crónica por cosas
que no están, hoy
se arrebata de sangre mi nostalgia,
mis luces amarillas por tí,
por ella,

por su cabello negro
planchado, áspero, dulce
canutillo de neón y nalgas prietas,
sismo en la pista de baile.
 
Ojos oblicuos, melodía de tacones,
risa despiadada, uñas abriendo

surcos en mi carne,
cielo de pandemia, espejismos
de aguardiente
pintando una línea imaginaria

entre mis pechos
–derrotados por el humo–
y los tuyos, los de ella,
circón y ámbar.
 
 Llegas aquí
porque no olvido tu cabello,
tu forma de bailar,
y dejo de escribir mientras
presiento
el ruido de tus pasos en la casa,
el beso que me diste en la escalera,
la ruina que sembraste en mi pasado,
y el negro callejón que tú elegiste.