lunes, 14 de diciembre de 2015

La jaula de plata

En los confines del valle de Lehour,
en tiempos en que la tierra era plana,
vivia el gran pajarero de los tiempos.
 
Entre las miles de aves que poseía,
amaba más que a nadie
a los dos canarios ocre
de la jaula de plata.
 
Cada amanecer
llevaba la jaula
al patio lleno de girasoles,
para que los pequeños cautivos
alegrasen con su canto al sol naciente.
 
Al atardecer, era a ellos
a los que primero alimentaba,
cubriéndolos con un manto de seda
que los protegiese del viento de la noche.
 
El día que el sol cayó del cielo
y la tierra se ovalaba,
el gran pajarero trató de alimentar a las aves
en medio de las sombras.

 En un descuido, al abrir la jaula,
uno de los canarios ocres
escapó, levantando el vuelo
y perdiéndose de vista en el horizonte.
 
El pajarero, triste, se reprochó su error,
tapando al que, por vez primera
quedaba solo en el silencio indiferente.
 
Al día siguiente, el gran pajarero
quitó el manto de seda de la jaula de plata.
El ave había muerto.
 
En el valle de Lehour,
en tiempos en que la tierra
ya era redonda,
el gran pajarero de los tiempos
liberó a todas sus aves
y partió con rumbo al mar.
 
Por eso, hoy en día,
todos los pájaros saben
que cuando el amor se va,
lo hace volando,
y el que lo ve partir,
solo en su jaula de plata,
muere de pena.

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