sábado, 26 de diciembre de 2015

LOS SURCOS DE MIS MANOS

Solía quedarme horas enteras mirándome las manos, en tiempos cuando dormir era un tormento y estar despierta un continuo dolor. Mirarme las manos era un alivio, un momento de muda contemplación y espera.
Miraba, no sé que miraba. Quizás algunos recuerdos confusos que surgían y andaban a mi lado. Los surcos de mis palmas llenas de cayos y quemaduras, los surcos de los huesos que sobresalían de mi piel, la ropa demasiado grande que se escurría,
 
la gente que pasaba,
los dedos que apuntaban,
las manos que aplastaban.
 
Cuando veía a mi alrededor, no había nada que no me dijese que yo debía morir porque lo merecía.
A medida que pasan los años se hace más difícil recordar; pero al igual que en esos días sigo mirándome las manos, sobretodo cuando escribo.
Se ven con claridad las líneas de mi destino, ya no se notan las heridas de guerra, ya no huelen mis manos a carne quemada.
Ya no soy la misma mujer perdida entre sus propios dedos.
Se llenan poco a poco los caminos de mis manos y serenamente envejezco, cosa que jamás pensé que pasaría.
Tuve que renunciar a mucha calle para creer en mí misma.

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