martes, 25 de agosto de 2015

EL CIELO, EL MAR, Y YO (soneto blanco)

(A Ima Rosa Rivas Varela. Amiga siempre)
 
No he de decir adiós, no he de decirlo.
De mí no escucharás adiós alguno
que cierre los portales de la espera,

o que abra los rumores del mañana.
 
No plantes en tu mano un hasta luego,
ni un si, ni un no, tal vez, quizá. Tú, siempre
caminas junto a mi, como mi sombra.
Por eso, nunca, nunca te despidas.
 
Es triste ver partir a otros confines,
los botes que al poniente marcan rumbo,
llevándose en su afán lo que adoramos.
 
Y si a pesar de todos mis poemas,
los años, implacables, te olvidaran;
el cielo, el mar y yo, jamás lo haremos.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Estudio poético de una foto muy vieja

Debes tener añil en las cordales,
o un trasto de soldar en el cerebro.
¿Todavía conservas el álbum de colores,
que no tiene colores?
¿Todavía tienes esa foto
de cuando era virgen y buena?.
 
Qué cara... ¿Esa era yo? Esa era
la tapa del libro de coquito, de los días
de sol, 
de la Barbie de bodega,
de los años previos al desastre.
 
Ya no tengo tiempo para estupideces,
los daguerrotipos, me saben;
el cuarto oscuro, si, ese
lo llevo aplastado en la matriz, arando
y reproduciéndose.

Ya se acabó el revelado, el sepia,
los días de plaza, palomitas
y cine,
ya no tengo cara de butterfly,
de ovejita lanuda y bañada
en colonia para bebés.
 
Mira,
vuelve a mirar,
la sanguijuela absurda que me vive,
los clavos que me cuelgan de las cejas.
 
Tengo cara de roña,
tengo cara de larva,
tengo cara de puta,
tengo cara de cédula,
tengo cara de muchas entradas
al anexo femenino
de las perdedoras.
 
¿Esa era yo?,
¿En que mundo estaba?
Ya no tengo tiempo para recordar.

domingo, 16 de agosto de 2015

Segunda

Segunda veía salir el sol todos los días en Juangriego
avivando el fogón, atizando brasas
y cociendo el maíz
que luego llevaba al molino que la esperaba
tres calles arriba en lo alto de una loma.
 
Llevaba la olla  en la cabeza haciendo equilibrio perfecto,
el agobiante peso no perturbaba
el andar de su cuerpo pequeño y delgado,
una por una trabajaba las blanquecinas bolas de masa
pilada y molida,
el arte que sus manos redondeaban,
las mejores telas hechas en leña,
típicas arepas olorosas y humeantes
de todo el oriente marino.
 
El canto del guaripete le daba la bienvenida
cuando Segunda bajaba por el angosto sendero
repleto de vida y predregales, 
 el camino que la llevaba a su humilde casita
hecha de barro, de ternura,
a su viva  imagen y semejanza.
 
Segunda, la virgen, la vestal,
la que nunca conoció del amor sus desafueros,
la vieja más sola y feliz que existió
desde Porlamar al Fortín de la Galera,
vino al mundo para alimentar mil bocas,
sirvió a propios y extraños una taza de café
nacido de las brasas,
que en los labios sabía a la más divina gloria.
 
La sonrisa más hermosa del recuerdo
cuando me daba el desayuno en la mañana,
su caminar... pausado y sin angustias,
su rostro sereno, su mirada limpia,
el haz de leña cargado a sus espaldas.
 
¡Era tan pequeña!
como nunca hubo ninguna.
Sus grandes aficiones:
La novela de las nueve, que sin falta miraba
en casa de sus primas,
pasar el día de difuntos en el cementerio,
rezar en los velorios
y contemplar las  auroras.
 
Madre contaba que al morir
no quedó huella de Segunda,
ni un registro de su paso por este mundo,
ni siquiera sus ojitos claros se quedaron
en las agujas del tiempo indetenible.
 
Yo, que te amaba como a nadie,
no me resigno a que todos te olviden.
En la misma soledad que tu viviste,
tomándome un café de madrugada
sin colar... tal como tú lo hacías,
le contaré a mis versos tu historia.

jueves, 13 de agosto de 2015

Beltrana, Bernarda y Piel De Arepa

Beltrana, rezandera de la Calle Miranda,
se sienta en el porche todos los días 
a santiguar a los muchachos,
para quitarles el mal de ojo y los parásitos,
mientras su hija Bernarda 
abre las puertas del bar y enciende la rockola.
 
Con la primera canción de Julio Jaramillo 
se escuchan los aullidos de Piel de arepa, 
la perra de las viejas,
anunciando el comienzo de la parranda.
 
A orillas del mar, 
el oleaje anuncia la llegada de los botes
cargados de cuantiosa pesca.
Rodilla en tierra ,
el bravo pescador margariteño,
da gracias a la Virgen del Valle 
por el final feliz de su travesía.
 
Llenos los bolsillos del duro sustento 
ganado en varias semanas de sol, 
hambre y vigilias
el marino solo piensa en tomar un camino  
y saciar su inagotable sed,
arrancar el salitre pegado a los labios cuarteados 
y al rostro envejecido,
con música y aguardiente en el bar de Bernarda.
 
Todos los días son de fiesta para el pescador 
cuando está en tierra firme;
vive la vida al limite,
vive la vida como si fuese el ultimo día
porqué sabe que tal vez, 
solo tal vez, 
de la próxima jornada nunca regrese.
 
Beltrana, atizando el tabaco, 
libra de enfermedades a los más pequeños,
lee a las madres los designios de la suerte 
 y el rumbo de los maridos lejanos 
que estando en tierra aun no pisan el hogar,
cautivos por la música de arrabal
y el ron que brota 
en vasos de peltre.
 
Bernarda espera la muerte
cada 31 de diciembre
vestida de negra mortaja,
pidiéndole a Dios reunirse con sus muertos;
año tras año la espera sigue 
entre boleros y ron,
en muda contemplación de unos seres qué
al terminarse el salario, 
volverán a la mar,
dejándola más sola todavía.
 
La muerte se llevó a las dos viejas.
Piel de arepa se fue en brazos del tiempo
al no poder aullar de dolor 
ni oír sus boleros tristes
en una rockola llena de recuerdos 
y guate de gallina.
 
Los niños quedaron a merced del mal de ojo,
del desprecio que por los pobres siente 
la ciencia y la tecnología,
las mujeres quedaron sin ver en la lumbre
del tabaco
el rostro bien amado de sus hombres
qué ya van con rumbo norte, 
hacia alta mar,
echando redes en busca de tesoros perdidos
y galeones llenos de leyendas.