miércoles, 3 de febrero de 2016

SEXO EN PROSA

Cada vez que paso por la calle del Taco, recuerdo cómo nos conocimos. 
Tú me viste cuando caminaba por la acera a casi cincuenta metros de mi casa;  yo te vi justo cuando cruzaste la calle y te detuviste en la vidriera de la panadería mirando churros, bollos y acemas sin perderme de vista. 
Guardé las llaves en mi bolso, aplazando mi decisión de llegar a casa e impulsivamente seguí derecho y entré a la panadería.
Pude sentir tus pasos detrás de mí, dando inicio a un ciclo tan natural como las fases de la luna, las mareas, el origen del morbo, la humedad y las inundaciones periódicas.
No medió una sola palabra entre nosotros, solo el roce de tus dedos en mi espalda, indicándome a donde debía ir. 
Llegamos al fondo del establecimiento donde la puerta de un baño se nos ofreció en bandeja, como si esperase por nosotros.
Mientras cerrabas la puerta del baño y me sonreías, recordé una frase que me gustó siempre: 
"El sexo es tan breve que no necesita dormitorios, solo requiere de ciertas puertas abiertas" 
Todo lo demás fue cosa de un minuto o un siglo, eso no importaba. 
Te recuerdo jadeando, empujando, presionando, sí, empujando, mordiendo, besando, sí, dame, sudando, suplicando, gimiendo, empujando. Acabando en un orgasmo tan intenso que parecía no terminar nunca.
Lo demás sucedió más rápidamente aun. Me subí las bragas, me pinté los labios, arreglé mi cabello, mi ropa, tomé el bolso y me fui a casa. 
No volví a saber nada de ti hasta hoy, cuando te vi entrar a la panadería junto a tu familia mirando bollos, churros y acemas.
Pagué mis comestibles y me despedí de la humedad de tu semen, una puerta abierta por un instante. 

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