jueves, 31 de marzo de 2016

ESTUDIO POÉTICO DEL ORBE

Al inicio del fin,
donde el tiempo y la distancia
eran infantes y el universo era tan chico
que se podían tocar las nebulosas,
la tierra dormía
y el sol era el satélite del orbe.
 
El tímido astro rey era un plebeyo,
era un otoño
de ojos sesgados
y manos suaves.
 
Muy cerca de la tierra, de sus ojos,
vela su sueño
y en un abrazo
espera y calla.
 
La tierra despertó, sorprendida
al sentir las manos
que llenaron de verde su Amazonia,
y una cascada brotó de sus pupilas
y toda ella fue un río de agua, árboles y niebla.
 
El sol comenzó a iluminarse,
a hervir
nadando entre ríos, surcando
los mares
de la mujer que amaba estar dormida,
del aire que cortaba en dos el tiempo,
del orbe que jugaba a ser planeta.
 
La tierra, fuera de su eje,
cayó en un tobogán
hasta un abismo y no quiso regresar,
porque no había pasaje de retorno
hacia un sol que al tocarte, quema.
 
Desde esos días nunca más
volvieron a verse
y la tierra se pobló hasta el delirio
con los descendientes de aquella aventura.
 
Los últimos habitantes del cielo
se abrieron en dos al dormir
y se marcharon
de la misma forma en que la tierra lo hizo
cuando vivió con el sol,
milenios atrás,
y ya no pudo hacerlo
porque el sol le dolía.

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