sábado, 14 de mayo de 2016

AGUAS PROFUNDAS

Las regatas son un espectáculo
que nadie debería ignorar,
los programas deportivos las mencionan,
las estrellas de mar se aglomeran,
los atletas van al agua
con un parche de intelectualidad sujeto
a las espaldas magras y al abdomen prominente;
los remos
unidos a muchos pares de brazos
inician un sincrónico baile,
atrás, adelante, atrás,
mientras el chapoteo del río
refleja el vuelo rasante
de algunas aves curiosas.

Llegué al limite de esta latitud
en contra de todas las corrientes,
a punta de aluminio, pipas y agujas,
mis carnes y mis manos arrugadas
me llevaron muy lejos
y me inscribí en una carrera
empeñada en no ver
los rostros reventándose de risa,
porque lo que me trajo aquí
fue un sueño,
un taller de poesía por correo electrónico
que fue a parar al Éufrates,
al Sena, al Guaire
donde mueren los poetas virtuales
por fantásticos, por intrascendentes,
por años perdidos
y gramática imperfecta, caída,
arrastrada por la confusión,
por las algas y las ondas,
porque así fue concebida desde
que me encontró en la marea.

Las regatas son una exhibición de poder,
un desfile de brazos hermosos, pechos duros,
miembros erguidos,
puntos cardinales que flotan sin problemas,
cosa que jamás tuve porque
me fui a pique
mucho antes del diluvio universal,
junto a un saco de versos sin estética,
hojas ni flores
que puedan sobrevivir
en aguas tan profundas.

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