miércoles, 8 de junio de 2016

LA CACHORRA

Era hermosa
cuando la luz huía y la penumbra 
disimulaba a medias los golpes y cicatrices
que su cuerpo guardó como testimonio
de numerosas peleas.

Nació para engendrar
grandes camadas de mamíferos
su vientre de juguetería
y masturbaron a cientos de primates
sus manos negras por la borra de la calle.
 
Su dentadura, insólitamente completa,
era una fila interminable de besos,
castillos de naipes, chillidos,
tierra, purgatorio, semen,
soledad a prueba de balas
y sonrisa de alfombra roja.
 
No hablaba del futuro 
ni de todos los hijos olvidados;
apenas rompía fuente, salía la placenta,
el feto, el estorbo, apenas
cortaban el cordón umbilical
volvía La Cachorra a las esquinas, y allí,
en el retén pintado de lluvias
quedaban los vástagos de la perra
en manos de la suerte.
 
Ay de las calles,
faro de la noche, prisma de miseria,
mujer sin acertijos ni mañana,
voz de hombre diciendo en la oscuridad:
"Quiero a la cachorra"
y la Cachorra iba
a chuparle las ansias,
a chuparle los miedos,
a chuparle la sangre.

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