miércoles, 3 de agosto de 2016

EL CATIRE

Pocas veces un ladrón podía despertar tanto miedo
en la negra golondrina de la calle.
Nadie sabía su verdadero nombre;
su uniforme azul oscuro, ceñido, amenazante,
acechaba las esquinas de los barrios pobres,
el pánico se desataba al divisar a lo lejos
el brillo reluciente de su chapa
y los negros botines, 
una mala imitación de perro nazi.
 
Allá viene el catire”, susurraban las putas,
salían en carrera los indigentes
temblando ante sus bofetadas.
La patrulla recorría cada calle bajando ventanillas,
bajando las luces de la perrera,
bajando bolsillos, penes y pantaletas,
pues todo el que quiere reinar en las aceras
debe pagar impuestos a la corona.
 
Las moras vulvas,
si quieren base deben dar un porcentaje
al buen catire
que las protege de todo mal,
los jíbaros cancelan el tributo
cada viernes a la hora convenida;
si no hay dinero
se precipitará la redada con furia depredadora.
Llegarán los protectores de personas y bienes,
sus lenguas escupiendo semen y obscenidades,
peste de Jericó que sonríe
mientras arranca dientes
de todas las bocas abiertas.
 
No pude vislumbrar el fin de ese Lucifer
de alcantarilla,
solo di la espalda, me alejé para salvarme
y no verle nunca más,
pero lo recuerdo en esas ocasiones extrañas
en que no escribo
y me siento a ver
aburridas películas de terror.

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